Galería López Quiroga

Felguérez - Metálica, escultura y pintura reciente

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Felguérez - Metálica Alberto Dallal El arte y la religión poseen un origen común: la subjtetivación de las acciones y de los materiales, de los objetos y de aquellos cuerpos que se aparecen ante la mirada y la conciencia de los individuos, aisladamente o en grupo. Estas acciones producen formas, forjan seres, desmaterializan objetos que acaban por llamarse de “otra manera”. Tal vez estos orígenes compartidos obliguen a críticos y observadores del arte actual a indagar y sumergirse de una nueva manera en una sola obra, en cada mundo que surge y a su vez se expande y multiplica ante la irrupción de tantos y tan variados lenguajes artísticos; a los que les agregamos artisticidad según nuestras formas de ser y de pensar. Lo de siempre. Desde hace siglos: interpretamos. Todo arte es, de todos modos, un invento humano, de la humanidad, del ser y el estar mortales; por ello nos puede atrer una sola obra para sumergirnos y bucear en ella, entregarnos. Es un derecho natural, siempre atractivo aunque no siempre de fácil realización. Hay que aprender a hacerlo. Como la crítica, la contemplación de una obra de arte es un ejercicio de interpretación. Consideramos la obra completa de Felguérez como un fenómeno cultural ya ineludible en México. O sea, nadie puede dudar ya de la presencia histórica de un artista como Manuel Felguérez o de su vasta y firme obra: las crónicas constantes referentes a él y a sus creaciones. El registro de su propia susceptibilidad (su respuesta) en torno a los cambios obligados y posibles que le asignan las circunstancias históricas y creativas lo convierten en una especie de paradigma activo, vital, en un personaje erudito en torno a la historia del arte en México; es decir, en una especie de líder desinteresado (y por tanto noble) del arte en el mundo. Su obra total es una muestra irreemplazable de “la incesante multiplicación de las imágenes” que corresponden a su albedrío, a su necesidad y a su libertad, imágenes que obligan al crítico y al historiador del arte, así como al más directo “veedor”, a “convertir en otras imágenes las suyas a través de la palabra” (Juan García Ponce, p. 9). Contemplemos obras de Felguérez. Sólo enormes y suscitadores artistas-creadores y sus obras pueden producir tal efecto en las “obligaciones” del lenguaje de los críticos y de “la gente”. La gigantesca obra completa de Felguérez da fe de éstas, sus suscitaciones. “Éste es el que debe ser el único valor de la crítica: renunciar a sí misma y convertirse en celebración…” (idem.) Siempre he previsto (o deducido, o soñado), al acercarme a una obra de Manuel Felguérez, de qué manera, cómo alista y alisa su aparente neutralidad ante la obra. No obstante, la naturalidad que en sus cuadros le impone a sus líneas y planos de acción acaban por tomarme por sorpresa y sin pensarlo he de descubrir, casi siempre certeramente, un detenido, lento juego de racionalidad (planos, líneas, acciones y masas de color determinantes) que se irá convirtiendo, a medida que la mirada “transite” por la superficie “invadida” de la tela, en un controlado estallido de formas, en una especie de invasión o enjambre de sombras, agrupamientos de manchas, acciones, respuestas, cadena de luces que la mano del artista fue acomodando o depositando en los filos y las aristas del “dibujo” primordial, a partir del trazo básico. Trata siempre el observador, ante una obra de Felguérez, de intuir, de saber cómo se trazó ese itinerario lleno de riesgos y, a la vez, cómo permaneció sereno hasta el final. Se trata, descubro, de una geometría primordial e imperativa: superficies previstas y depositadas “en orden”, previamente “estalladas” desde el fondo de la superficie de la tela o a partir de los límites del cuadro: escenario liso que se va llenando de planos y líneas rectas, de grumos y pequeñas manchas, colores y tonos, caminos sobresalidos, sobresaltados que, mediante un ritmo incesante, a veces muy apresurado (porque el artista no deja de pensar) se van cubriendo o sencillamente marcando, cargando de un aparente caos o masa de “ansias” o estallidos. Manchas, explosiones, gotas o corpúsculos informes (¿realmente sobrevenidos?) que se adhieren para siempre a la imagen general del cuadro y se van convirtiendo, mediante el transcurrir del tiempo de nuestra mirada o escrutinio, en alta zona de accidentes, de acontecimientos visuales, de episodios mentales, de inesperados e incontrolables desórdenes que habrán, a la postre, de recuperar su cauce, unirse a la estructura general del cuadro. ¿Viajes, efectos, experiencias visuales que ya se hallaban esbozadas, marcadas allí, en la tela, antes de ir “apareciendo”, antes de manifestarse en el cuadro? Se trata siempre de una manipulación insistente (¿a partir del cerebro de Felguérez?) porque, sorprendentemente, cuando, aun atentos, nos dejamos llevar por el viaje a través del cuadro, nos percatamos de que cualquier itinerario o ruta expuesta sobre la tela o por el espacio de nuestra imaginación, o por la callada palabra descriptiva que ya poseemos, o sencillamente a través de las imágenes que impregnan nuestros ojos, es siempre una abstracción “desatada” a partir de las manos de este artista. Felguérez –descubrimos- no busca: expone. Y por su enamoramiento con la materia del cuadro, o por su siempre insatisfecha necesidad de convertir cualquier materia en arte, o bien por la persistencia de un mito, un recuerdo o una vibración de sus deseos táctiles, quedan reveladas las rutas de sus manos y dedos, sus instrumentos. Caemos de lleno en los objetivos del artista: desmaterializar o trascender la materia, deshacerse de un recuerdo o de un pensamiento, crear una zona mental inaplazable e irrecuperable dentro del cuadro. ¿Qué no son sino esto, una obra, nuestras abstracciones, nuestros esfuerzos por pensar algo ante un cuadro, ante una obra de Felguérez? De esta manera, el “secreto impregnado” de los cuadros de Felguérez radica (se halla depositado, se “sella”) en una realidad única: un enjambre de formas que se alimenta de formas y de enjambres en cada uno de sus cuadros: cualquier juego sustancioso entre la mente, la inteligencia del artista y del veedor en turno, constituye un viaje, un traslado, una huída conjunta en el espacio primordial de cada cuadro, que acaba por manifestarse, si lo hay, en el título. Y, si somos conscientes, esta huida es aparentemente “voluntaria”: a uno con el artista. Por eso en cada cuadro Felguérez (nos) dice una cosa distinta, como si sus manos (naves) le fueran indicando qué o sobre qué pensar en cada tramo, en cada instante del “viaje”. Incluso, supongo, en qué dejar de pensar. Así quedamos soprendidos por las formas dentro de la tela. Quedamos atrapados. Queremos saber, percibir, leer en qué o sobre qué se dice o se desdice Felguérez: siempre una afirmación o una negación o un enjambre de viajes depositados en cada cuadro (una totalidad) que sólo el tiempo habrá, acaso, de descifrar. Espacios, rayas, rayones, grumos, manchas, bolsas de aire y de espacio mínimas que nos hablan de la realidad y del tiempo y de todo lo demás que Felguérez quería o no pensaba decirnos. En esta exposición, en estos cuadros Felguérez hace que en cada tela se equilibren vistosamente los preparativos de cada trayectoria, de cada contraste, para crear a veces un estallido desconcertante. Ya posee un dominio maduro, “clásico” de los elementos “vulnerables”. (No nos tiene en mente a ninguno de nosotros, nos tiene a todos: esa es la abstracción.) En los volúmenes ahuecados de las esculturas que pululan por la sala, en contraste, el viaje a que invitan es de signo contrario (o el mismo para los que saben abstraerse): Felguérez nos obliga a viajar in situ, en el espacio para percatarnos de sus cambiantes formas en cada una de las posiciones que escojamos, como observadores o veedores en el espacio real, de cada escultura. (El arte no puede ni debe dejar de ser a veces un juego muy serio y, como el deporte, peligroso porque puede perderse.) Activa geometría multidimensional. Y de conjunto. Vuelta a las telas: los planos (apoyos), más que definidos, en el cuadro se autodescriben con los colores-base: amarillos, blancos, cafés pálidos y, ahora, en una ostentación y, tal vez sana imposición, de madurez creativa, tonos dorados (tan difíciles de manipular) de variadas alcurnias. (Sólo recordamos en esta tesitura su directo y elegante Retablo dorado de 1991.) Sobre cada uno de estos cuadros o en el conjunto se hacen presente y estallan los elementos de ese viaje que por los trayectos de la materia, del ser y de lo invisiblemente visible Felguérez acaba siempre por conducirnos. Siempre he pensado que la pintura es para Felguérez un conducto para seguir pensando (y viviendo); sus esculturas: un enjambre de paisajes penetrados por su pasión por el orden constructivo que le imponen sus materiales. Hay zonas en sus cuadros que pueden contemplarse o estudiarse como alargamientos de una estructura que existe y vuela en la atmósfera; sus indagaciones en la tela se convierten regularmente en penetraciones del tiempo (hacia atrás: hacia delante) y en cuerdas del espacio, sistemáticos diapasones del ritmo que Felguérez le había asignado ya, desde el principio, a ciertas secciones de la tela. (¿Es este el secreto de toda creación?) Dentro de cada cuadro van destacándose ciertas geografías de grumos, goteos, expansiones, líneas de acción que permanecen hundiéndose, bifurcándose y sobresaliéndose en la tela, por así decirlo, adquiriendo un rumbo, localización o continente propuestos. Vamos viajando con la mirada por la ruta impuesta por el cuadro como si Felguérez hubiera previsto las situaciones, las manchas, los recorridos primordiales aun antes de pintarlos o hacerlos explotar. Juegos de manchas. Viajes. Rutas. Estallidos primordiales y secundarios. Nuevamente: una tarea impuesta por (desde) la tela: ¿adivinada colección de sensaciones o de pensamientos? Jorge Alberto Manrique percibió este juego en 1974: “En realidad todo el nuevo ensayo de Felguérez, tan limpiamente y tan conscientemente llevado hacia delante, se sitúa en el terreno de una investigación sobre el lenguaje, investigación que se hace con formas, con colores, con volúmenes, y que no pretende llegar por sí a la palabra sino a los caminos de la palabra. (Ibid. pp. 151-152.) Seguimos pensando que la contemplación es un diálogo inacabable con la obra, no con el autor. Las citas son de: Juan García Ponce: Manuel Felguérez, Ediciones del Equilibrista, 1992. ESCULTURAS DE FELGUÉREZ Resulta apabullante la lisura de las esculturas de madera de Felguérez. Y la limpieza de sus afectaciones cuando entra la madera en contacto con otros materiales. Las superficies resbalan, se exponen, se deslizan, se ostentan sin ranuras, transparentes antes de situarse frente o por debajo de materiales distintos. Diríase que las formas penetran, liberadas, en lugar de que algunas perforaran a los materiales o los aprovecharan para “llegar a ser…”. Vuelta al juego con los espacios pero ahora es el contemplador quien se “disemina”, se (re)parte en las direcciones y orientaciones que él escoge. Las formas se hallan arregladas, compuestas de tal manera que según el ángulo desde el cual se las observe pueden ser instrumentos de medición espacial o meramente visual, u ofrecimiento de animales que se reúnen en alerta o en descanso o petrificados; se construyen situaciones de un equilibrio espacial que conmina o incita a viajar en el espacio circundante como si se tratara de una nave que guía o de un instrumento para indicar el viaje. Paralajes. Superficies lisas o labradas, hilos, mecanismos que dan pie a movimientos invisibles o que provienen de ellos. Traslados. Sueños u objetos materiales que se abren paso, literalmente, en las disposiciones del éter.