Galería López Quiroga

Romualdo García. Estudio con silla y espejo

Estudio con silla y espejo.
Esa silla siempre me inquietó. Desde hace años. Terciopelo gastado, raído por el tiempo y la lenta costumbre de fundirse con sedas y mantas, brocado y popelina. Recibir la huella de tantos cuerpos, ser testigo y apoyo de las poses que más que a un retrato salían al encuentro de una biografía, acabó por ser un hábito extenuante. Contagiada de humanidad, la silla me inquietaba. Había otra, claro está, con idéntico diseño y nueva tapicería, ¿o era la misma, pero años antes?, ¿la misma años después, remozada para otro ciclo de vida? No lo sé. Es extraña la edad de las cosas, algunas tan longevas que… En todo caso, es de la vieja silla de la que también habría que hablar. Y no nada más por ser una sola historia dentro de las muchas historias de las fotografías, una vida presente en tantas otras, sino por haber acogido a ese cuerpo, a esa piel de mujer joven. Acaso la primera, acaso la única piel que se ofreció desnuda a su contacto.
En la ciudad de Guanajuato, en el estudio fotográfico de Romualdo García comienza la sesión. Pero es sólo una manera de hablar, un recurso retórico parecido a se levanta el telón, corre video, había una vez una joven... Porque no sabemos cómo comenzó la sesión. Nunca sabremos si la primera toma llevó sin querer a las siguientes o si desde el principio ambos habían convenido lo que habría de suceder. Conocemos nada más lo que quedó impreso en cinco fotografías sin fecha, sin clasificación ni texto: como el encabezado de una carta aún por escribirse.
En la primera imagen ella aparece en la silla con un sencillo vestido blanco de algodón y las manos entrelazadas sobre los muslos. Levanta disimulada la falda y muestra las rodillas cruzadas, el comienzo prometedor de la liga de las medias. Los zapatos, de dos colores y sin tacón, un poco escolares debido a las agujetas, resultan perturbadores en el conjunto. Más lo es el rostro de la joven cuyo gesto, complacido y complaciente, anula toda consideración estética, solazado como parece en su relajado bienestar femenino, en la confianza que le da ser mujer. Una mujer entre los 25 y los 30 años, de rasgos mestizos y mechoncito ensortijado sobre la superficie de la frente.
¿Fue ella quien sedujo al viejo Romualdo al ofrecerle esa sonrisa de gioconda en el momento preciso, o él quien desde el otro lado de la cámara hizo fluir la confianza necesaria para que la sesión se prolongara mucho más que la de cualquier retrato? ¿Fueron ambos cómplices del día y la hora en que nada interrumpiera el ensayo de las poses, el cambio de ropa, la ceremonia de esa tarde?
En la segunda fotografía la joven comparece en el mismo sitio, ahora despojada del vestido y cubierta la cabeza con un velo de gasa oscura que cae sobre sus brazos, deja traslucir los senos desnudos y se junta a la altura de su sexo, donde ella posa las manos, semiocultas por los dobleces. El ángulo apenas ha variado, pero la silla ha sido desplazada unos centímetros hacia la izquierda y son más evidentes la madera torneada y el tapiz envejecido. De la cintura para arriba la mujer podría ser la representación en el purgatorio del Ánima Sola. Las piernas, sin embargo, con ligas y medias blancas, forman un contraste demasiado mundano con esa estampa casi mística que sugiere el voto secreto de una viuda o el cumplimiento de alguna inescrutable promesa religiosa. Hay en la expresión y la pose una extraña severidad que acentúan los zapatos, no precisamente nuevos, aseados ni femeninos, un poco monjiles tal vez. Los mismos zapatos de todas las tomas. El mismo fetiche.
¿Buscaba captar el fotógrafo la tensión entre sensualidad y ascetismo, retratar a Magdalena redimida, o constituía la desnudez por sí sola tal atrevimiento que era menester disfrazarla para que no pareciese gozosa? Un atrevimiento meramente contextual, relativo, por así decirlo, pues si bien la fotografía de desnudos había circulado en México clandestina pero profusamente desde que llegó el invento de Daguerre, hacerla en el estudio de un retratista provinciano dedicado a sacar cándidas fotos de los lugareños era un atentado contra las buenas costumbres, una profanación del escenario sagrado en el que se perpetuaban el gesto y la actitud más nobles.
¿Qué año sería? La moda del vestido y el peinado sugiere alguna fecha entre 1915 y 1920, postrimerías de la revolución, cuando las condiciones de la guerra civil habían reducido el número de clientes y el mercado de insumos fotográficos; cuando desencantado por la incertidumbre del país Romualdo García había empezado a retirarse del oficio y tal vez disponía de más tiempo para las fantasías experimentales que había alimentado durante años de trabajo rutinario. Experimentos que comprendían incluso la naturaleza de los materiales, pues los negativos de los que Rafael Doníz hizo estas impresiones —negativos que le regaló la única sobreviviente de la familia García poco antes de morir—, son de película de celuloide y no de placas de vidrio como acostumbraba Romualdo ¿Fue realmente él el autor de las imágenes, o algún conocido al que le prestó la cámara y el estudio por unas horas?, ¿fue uno de sus hijos mayores? Manuel y Salvador, herederos de la profesión paterna, eran todavía demasiado jóvenes, demasiado bisoños como para poder tomarse esas libertades en el gabinete familiar sobre el que gravitó por mucho tiempo la autoridad del patriarca. Sí, bien pudo haber sido Romualdo el oficiante de esa tarde, Romualdo quien extrajo del baúl el velo negro, Romualdo quien desplazó la silla hacia la izquierda, Romualdo quien dijo “Así está bien, mire hacia allá.” No, tal vez dijo “Así está bien, mira hacia allá.”
La silla la protegía como un escudo. Estar sentada en ella le permitía no mostrarse del todo, tener un apoyo y un pretexto para ocultar su sexo y su vientre. Ponerse de pie hubiera significado abandonar ese refugio blando para surgir en toda su desnudez. Y tal vez era eso lo que no deseaba, de ahí que en la siguiente toma, donde la joven está de pie y cubierta hasta las pantorrillas con el velo, éste más bien parezca la envoltura de otra envoltura, una gasa sobre otra gasa y ya no la tela que deja traslucir las líneas y los pliegues del cuerpo. La actitud es aquí más relajada, y la flexión de la rodilla izquierda entraña cierta coquetería. Pero sólo se adivinan vagos los contornos desnudos, la colocación de las manos, el volumen de los senos y la curva del vientre; como si todo se hubiese atenuado mediante la manipulación del negativo o la modelo estuviese cubierta con algo más que el velo que dibuja su silueta oscura, un poco movida a la altura del rostro, remotamente borrosa, pero qué importaba, qué podía importar si estaba el cuerpo y transcurría el tiempo ¿Cómo podría importar si ni siquiera lo advirtió? Entre el nerviosismo y la premura crecientes él no lo advirtió.
¿Y quién es ella?, ¿quién pudo haber sido? Aventurar que una prostituta resulta demasiado fácil además de poco convincente. Una prostituta no hubiese tenido tantos miramientos para mostrarse desnuda. Tampoco tanta austeridad. La posibilidad de una modelo profesional, una mujer que posaba para los pintores, no cuadra con la rigidez corporal de tres de las fotografías, cierta tensión que parece estar en pugna con la disposición a ser retratada y que delata acaso una forma de autocensura, una versión del pudor, una manera de acceder sólo a medias a los requerimientos del otro: el fotógrafo, el amante, ambos fundidos quizá en un mismo hombre.
Aunque tal vez no hubo tales requerimientos sino mera aquiescencia. Tal vez no hubo más que su propio deseo femenino de desafiar el silencio impuesto al cuerpo desnudo: franquear el límite y romper el cerco de la ropa y la modestia para verse y ser vista, imaginarse y ser imaginada, para mostrarse mostrándose. “Don Romualdo: Quiero retratarme sin ropa”. Diría “sin ropa” para no pronunciar “desnuda”, pues la palabra podía ruborizarla más que el acto. La palabra desnuda: el hecho de la desnudez. Aunque no completamente, sólo a medias: sin ropa. Y él satisfizo ese deseo de ser por un instante otra, o mejor aún, ella misma; por una sola vez ella misma. Así: semidesnuda.
Y así, semidesnuda frente al rectángulo de espejo como seguramente se miraba a veces en la luna del ropero o como el fotógrafo la imaginaba contemplándose –la imaginaría desde entonces–, volvió a posar mientras crecía la tarde. Más desinhibida acaso por la luz crepuscular que se proyectaba desde lo alto, por la seguridad que le devolvía su propio reflejo o la intimidad que procuraba ese otro ámbito, no propiamente el escenario fotográfico sino quizás el vestíbulo del estudio, alguna habitación. De espaldas a la cámara y de cara al espejo, cabello y torso velados por la gasa, última membrana del pudor, la joven ofreció a la cámara los muslos y los glúteos descubiertos, la pequeña rotura en el tejido de la media, los pies enfundados en los zapatones y dispuestos como en una posición de ballet. Pero también, gracias a la imagen especular en la que el fotógrafo consiguió no reflejarse, también los senos desnudos, difuminados como el rostro con el mechoncito en la frente, el rostro un poco empequeñecido.
En el fondo del espejo el horizonte más remoto, la cornisa simulada en el guardapolvo del muro, remite al más próximo, su gemelo: franja que secciona el conjunto en diagonal como un horizonte que separa el cielo del infierno justo a la altura del sexo y las caderas.
En la última toma ella comparece de perfil y la cara vuelta hacia el espejo. Ahora luce el chongo apretado a la nuca y la cinta de una de las ligas como una falena posada sobre la rodilla. Exhibe el velo terciado sobre el cuerpo y la soltura airosa de los brazos en ademán que tiene algo de taurino, de elegante desafío, de dominio sobre la bestia (¿el fotógrafo, la cámara, el espejo, el observador?) Pero muestra sobre todo el muslo y la cadera desnudos, su piel tersa y tensa, plena a la luz que la baña desde arriba como una epifanía. En cierto modo ha cruzado una frontera, cumplido un rito de iniciación. No está ya en el purgatorio ni se cubre más la cabeza como en un templo. Ha dejado de ser la viuda doliente, el Ánima Sola, la Magdalena redimida. Quizás ha descubierto un paraíso. Un paraíso allí mismo, al lado de los objetos cotidianos y gastados como el tapiz del muro, los cables de la instalación eléctrica, el botón de porcelana del apagador, el espejo que la enmarca y la refleja y la proyecta a la cámara. Mientras tanto la silla, en alguna parte, espera. Es extraña la edad de las cosas. Algunas tan longevas.
Claudia Canales

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