Galería López Quiroga

Miguel Cervantes. Papeles Privados.

Del al , 2016

Cartas del Nilo.


"De hecho, el encarnado sería el colorido infernal por antonomasia, por la sencilla razón de que es menos el predicado coloreado de determinada substancia —localizada en el fenómeno-índice del movimiento mismo del deseo— en la superficie tegumentaria del cuerpo. Movimiento y deseo constituyen el extremo precisamente, el más allá, el ideal, el infierno de la pintura. El encarnado sería ni más ni menos el deber-ser del colorido…"

Georges Didi-Huberman.


1.
La sumergida hemorragia donde desvasa este deseo: un territorio no mayor a una sábana. Un paño crudo, ajado; el músculo enorme en el pliegue de arena, rendido a la canícula. Su lengua morada era el río de esta siesta. Una corriente imperceptible y ancha. Deseo es viaje. Un palimpsesto en su torso, con la promesa de un órgano, flotando abierto en tanta secreción.

2.
¿Quién podría tasar estas pinturas? No pertenecen a este lugar, ni a estas rutinas. Su condición de ofrenda no sucede aquí. No son siquiera desnudos. No aluden a sexo. ¿Serían un lugar? ¿Acaso un templo? El resplandor de una temperatura fraguada desde el roce. El pétalo borroso de una estación demorada. Su inquietud proviene de ese estar preciso. “Uno dentro del otro, como los pistilos dentro de los estambres.” Cuando no hay concreción ni miedo, y eres todo el vapor carmín de un cuerpo en espera de su brote, con los ojos cerrados. La huella bermellón de un exceso, como una prueba vaga de...


3.
Volver a ese cuerpo, a perderse en él. Como cuando se redescubre el paisaje. Quizá por esa luz aprisionada en el sílice, en la brisa asfixiante donde fermentan los cáñamos. Tanta luz sin peso. Y sólo queda para asirse el vínculo húmedo donde reina el extraño. Volvió a pintar entonces. Semejaban paisajes si, delicados lugares sin nombre, deslavados por la propia sed de un papel hecho a mano. Las dunas borrosas de un acompañamiento fugaz. El rugido lento de las datileras revueltas. Ese rosa plomizo recortando las sombras, todo trémulo en su ascua. Regresaré mañana, dijiste. El tinte tenue, en la delicadeza de reposar una última vez ahí. Una última vez, sobre él, no más.



4.
Todo lo que has visto. Todo lo que no has regateado. Las cicatrices ocultas, las visiones febriles, tantos votos quebrados: lo que llamamos un itinerario más propio. Sólo queda la materialidad terracota de ese deseo. No es dibujo, sólo la mancha donde el tacto se transforma en contorno. Un depósito bronco y silenciado como una mastaba de barro. El duelo de un largo reinado de gozo. Ya hoy inasible. Su cuerpo en el aire semejaría un velo. El destello del agua que viene del sur. Pero él sigue ahí.


5.
Transparencia aceitada, decantada en el sopor de la tarde, sobre un algodón en capas que retiene su brillo. Respiran su tinta sobre la verga del ungido. Su sudor ácido es mirra que combustiona la distancia. ¿Cómo atraparle? Hay un cáliz de vidrio vertiendo su almíbar en la almohada. El regalo del río, decían los antiguos. La pálida disolvencia de este rojo coral en la entrepierna. La estela de sangre sucia donde desfallece el día sin contener del todo su espalda. Pero ese receptáculo de color roto duele. Aunque sonrías, duele. Y una vez que estas visiones son exhibidas como “obras”, ¿a cuáles clásicos podríamos referir?.


6.
Y qué importó cómo ellos enjuiciaron tu derroche, lo que llamaban un largo fervor de howadji por aquel cuerpo oscuro. Temen a cualquier intimidad. ¿Qué saben de esta iridiscencia donde asienta un hombre así su fatiga?¿Acaso ven esas tinturas perladas donde el deseo cuaja su mancha como un sello atemporal de secreta devoción? ¿Se consagrarían a ese fulgor? ¿Y a qué otra vida podrías pertenecer? ¿Y…ellos, qué saben de amor? Darse, nunca es un oficio breve.

7.
Vete tranquilo. Siempre bastaron pocas palabras. Aún queda este lienzo con pátina, deshilachado, lento en la brisa. Veinte y tres en total. Hay niebla fina en cubierta. Sobre las cañas revolotean aquellos mismos tábanos de azogue. Él sigue dormido a tu lado, derramado y oscuro como una cortada. Avistados de lejos, serían dos hombres desnudos ardiendo en el crepúsculo. Nadie conoce realmente esta historia. Pero en la orilla se asienta en secreto su densa costra encarnada.

Todo, casi todo, lo evapora el río.
Osvaldo Sánchez